Verse los ojos por dentro

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Es pertinente afirmar que nuestros ojos nos permiten ver el mundo exterior, conectarnos con nuestro entorno y ofrecernos una vida plena de luces, formas y colores. Pero si una limitación tienen los ojos es la de poder mirarse a sí mismos.

 

 


En medicina, y particularmente en oftalmología, es esencial poder ver los ojos por dentro. Las enfermedades más severas e incapacitantes comienzan en su interior. Sin embargo, lo que habita dentro del ojo permaneció vedado hasta 1850 cuando, gracias al desarrollo de un instrumento llamado “espejo del ojo”, el célebre médico y físico Von Helmholtz pudo estudiar por primera vez, en vivo, la intimidad del órgano de la mirada.

Entonces y ahora, el fondo del ojo se puede escudriñar como una habitación escondida, a través del ojo de una cerradura llamada pupila. No en vano los románticos compararon a la pupila con la “ventana del alma”, un concepto un tanto desmesurado. Una definición más precisa en términos científicos sería “ventana del cerebro”. A través de ese orificio de pocos milímetros, y con los instrumentos adecuados, se ponen de manifiesto estructuras como el nervio óptico, una especie de prolongación anterior del cerebro, formada por millones de neuronas encargadas de transmitir la luz en forma de impulsos eléctricos. La retina o cubierta interna del ojo se visualiza como una hoja naranja entramada de “nervaduras”, los vasos sanguíneos, de disposición única en cada ser humano. Los vasos sanguíneos del fondo del ojo comparten las mismas características estructurales que los vasos de cualquier parte del cuerpo, pero como en ninguna otra parte del cuerpo, sin ninguna barrera  (piel,mucosas) que se interponga a su análisis.

 

Para todo médico de cualquier especialidad, la información que ofrece la observación en vivo de tejido nervioso o del estado vascular, constituye un elemento de referencia de enfermedades incluso muy alejadas del ojo. Verse el ojo por dentro, no es necesario argumentarlo más, es una fuente inagotable de información.  Ahora bien, solamente ser visto por un especialista es útil pero no suficiente. Quien revise el fondo del ojo puede describir lo que ve pero no puede documentarlo, y menos aún, compararlo en detalle con futuros exámenes. 

A mediados del siglo XIX se divulgaron los primeros procedimientos fotográficos o “daguerrotipos”. Las cámaras de fotos no eran otra cosa que groseras imitaciones del ojo humano. El objetivo y las lentes de la cámara emulan a la córnea y el cristalino; el diafragma que regula la abertura, al iris; la cámara oscura a la úvea, y la película fotográfica a la retina. Sin embargo, fueron necesarios 100 años para que esa rudimentaria copia del ojo humano logre fotografiar el interior de ojo.

Desde entonces, los avances en la fotografía acompañaron al desarrollo de las imágenes en medicina y en oftalmología: uso de contrastes para angiografías (angiografía con fluoresceína (1970), con indocianina verde (1990), imágenes digitalizables y digitales, abriendo un nuevo horizonte a la telemedicina. Las imágenes obtenidas pueden almacenarse en un sistema informático y enviarse para ser estudiadas en un lugar diferente de donde fueron realizadas.

En los albores del siglo XXI, fue posible ver in vivo lo que el ojo humano no puede ver. A través de sistemas de laser confocal de barrido y de interferómetros con luz de laser coherente de hasta 80.000 escaneos por segundo, pueden visualizarse estructuras de una milésima parte de un milímetro.

Con estas nuevas tecnologías, en pocos segundos y en forma segura e indolora, pueden realizarse mediciones intraoculares, comparar los resultados obtenidos con normogramas y establecer diagnósticos y ofrecer estrategias de tratamiento en el consultorio.

 

 

 

Modificado por última vez en Domingo, 18 Diciembre 2016 17:08

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